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EL ÚLTIMO fin de semana pasará a la historia como el del aniversario del fallecimiento de Adolfo Suárez y el de la mayor manifestación ciudadana por la dignidad, pero empañado no solo por el luto de un gran hombre sino por la violencia inusitada de ultrarradicales infrahumanos que han querido reventar la efectividad de una muestra popular. Algo grave ha fallado por parte de las fuerzas de seguridad para que se haya permitido que ciertos indeseables masacren y nublen las nobles pretensiones de dos millones y medio de personas que desfilaron en Madrid, desde Atocha a Colón, en estas afables marchas que nacieron a propuesta del Sindicato Andaluz de Trabajadores y a la que respondieron la totalidad de agrupaciones homólogas de toda España. Al igual que Adolfo Suárez, el SAT logró un consenso nacional de participación, en este caso, ciudadana y el sábado se pudieron ver agrupados en la misma voz los más dispares grupos y de todo tipo de tendencias. Ha sido una convergencia ideal en la que han colaborado familias, en donde al unísono los más diversos colores sindicales y ciudadanos han pedido una renta básica, vivienda y salario para todos y el alejamiento de compromiso alguno con deuda europea de dudosa moralidad. Las Marchas por la Dignidad han transcurrido de modo absolutamente pacífico, con música de gaiteros y en un ambiente muy festivo, desde su inicio a mediodía hasta la noche, que ha sido cuando parásitos indeseables que no pertenecían a la organización, portando objetos peligrosos, auténticas armas de ataque, han sorprendido a los antidisturbios. Una falla en las comunicaciones, unido al descontrol —al parecer de los mandos— ha tenido como resultado que el colofón de este evento haya sido de los más degenerados y violentos de todos los tiempos. En lugar de estar hablando ahora los medios del maravilloso éxito ciudadano en la lucha por la mejora de la calidad de vida, estamos lamentando la violencia inútil y gratuita de ultras indecentes cuyo único afán es perturbar la paz social.
ME DIFAMAN. Parecen cosas muy creíbles algunas y otras absolutamente aberrantes. Un despecho puede cambiar a ciertas personas, las transforma en desconocidas. Recrearse en esa perniciosa actitud y en infundios escandalosos tan solo les hace daño a sí mismas. Tengo la conciencia bien tranquila. La vida ya no me despeinaba en una relación, yo quería disfrutar del viento. Ya no nos reíamos a carcajadas, ya no corríamos el uno tras el otro, ya no nos metíamos en el mar, ni en la piscina, ni en la cama, ya no nos quitábamos mutuamente la ropa, ya no nos besábamos como locos, ya no nos buscábamos, ya no jugábamos, ya no cantábamos juntos hasta quedarnos sin aire, ni bailábamos. Todo lo que podía despeinarnos no lo hacíamos. Tan solo, muy arregladitos, nos dedicábamos sutiles reproches. Y decidí romper. En ese momento se inició una retahíla de escarnio público para todo aquel que quisiese preguntar. Será un sino, pero en todo caso esa actitud a mí no me modifica ni me daña, continúo mi camino con mi pelo despeinado y dejo que me lo alborote aún más el viento de la libertad. Eh, tú, puede ser que te sientas tentada a ser impecable, implacable, peinada y planchadita por dentro y por fuera. La norma de este mundo exige buena presencia: péinate, ponte tiesa, el polvo sácate y sécate, ve cada semana a la peluquería a teñirte las canas, adelgaza, camina derechita como si llevaras tres libros encima de la cabeza, ponte seria y critica hasta la muerte. Es tu declaración de guerra personal. Pero es eso: cosa tuya. Lo único que realmente importa es que, al mirarte al espejo, veas a la mujer que quieres ser. La ruindad jamás fue un valor en alza. Este capítulo de mi vida me ha recordado esta recomendación: entrégate a la vida, come lo que te guste, besa, abraza, haz el amor, enamórate, relájate, viaja o salta, levántate temprano o —si tu situación te lo permite— duerme hasta las tantas, corre, vuela, canta, ponte guapa, ponte cómoda, ponte tú, admira el paisaje, disfruta, ríete mucho. ¡Deja que la vida te despeine! Sé persona y sé feliz.
BASTANTES medios de comunicación y ciertas fuerzas vivas están tratando de eclipsar la actividad de las columnas ciudadanas que caminan hacia Madrid; de reducir su repercusión mediática. Pero es difícil no deslumbrarse si se mira de frente al Sol. Además, los pueblos —la mayoría de ellos por donde pasan— aportan comida y locales de pernoctación. La policía a veces desvía las marchas hacia carreteras secundarias o les meten por veredas, obedeciendo órdenes con la estrategia de invisibilizarlas al tráfico rodado. Pero caminan; aunque a veces solo se oigan los ladridos en la distancia. Caminan. Ni es posible ni necesario crear más empleo. Los derroteros van por otro lado. El nuevo sistema se erige casi por sí mismo. Su construcción pasa por que el dinero público esté en manos de los ciudadanos (no en los bancos) en forma de Renta Básica, universal e incondicional. Es uno de los puntos que piden las marchas del 22 de marzo. El sueldo base al mes para cada persona, trabaje o no. Es un afán para no condenar a la mayoría de la sociedad con la inercia política del empleo. Uno de los máximos apologistas de esta implantación del futuro, Ramiro Pinto, reclama que se materialice esa renta primero de manera inmediata y urgente a los desempleados que no cobran prestaciones, a estudiantes y mayores de edad de familias sin recursos. Con estas y otras medidas revulsivas e innovadoras el nuevo sistema evitará la orgía de corrupción que nos asola, con carretadas de dinero público en inversiones y ayudas e incentivos del gobierno de turno que van a parar a grandes beneficios empresariales sin que apenas de cada cien euros invertidos se use una docena para salarios. Estas marchas son un saludable ejercicio contra el chantaje, el permanente chantaje con que se destruyen paulatinamente los derechos laborales. Merece la pena para acabar con la frustración ciudadana y con los abusos que hacen que unos pocos se enriquezcan a costa de empobrecer a una gran parte de la población.
MILES y miles de personas caminan a estas horas hacia Madrid desde distintos puntos de España para confluir el sábado 22 de marzo a las cinco de la tarde (la antigua hora de los toros) y continuar una lidia amenazante, importante en estos momentos, por unos servicios públicos de calidad, por el derecho a una vivienda y empleo dignos y para evitar la troika y el pago de cuestionable deuda. Mineros de Asturias y de León, trabajadores de Exremadura, de Castilla-La Mancha, estudiantes en lucha y reivindicación por las becas y la calidad de la enseñanza de Zaragoza y de la comunidad valenciana, grupos tan dispersos y dispares acompañados también del colectivo “bomberos quemados” por si la temperatura sube demasiado. De todos los lugares. Allá por donde pasan, como ocurría con Jesucristo, las gentes les dan no solo ánimos, sino alimentos. Los gallegos, algo más cómodos, están llenando trenes y autobuses. España en pie y a pie, duras caminatas pero muy cordiales. Encendidas columnas de caminantes de prácticamente todas las ciudades españolas. Dijo Vázquez-Figueroa que cuando el destino de los países y sus habitantes no depende de lo que trabajen y la cantidad de alimentos, zapatos o productos que sean capaces de fabricar, sino de que un señor con cara de acelga mustia se coloque tras una mesa e insinúe que "tal vez si o tal vez no" el Banco Central compre o no compre deuda —lo que provoca que unos pocos ganen millones de dólares mientras millones de personas pasan hambre— ha llegado el momento de renegar del sistema que propició que llegáramos a eso. Ni siquiera un monstruo como Adolf Hitler pudo causar tanto dolor con un simple gesto. El veintidós de marzo —dicen que todo lo cura el tiempo— es eltiempo locura por la libertad, es la lucha contra el desprecio y la indignidad de las arcaicas gobernanzas que soporta un país, tiempo echado a pie, marchas por la dignidad, paso a paso hasta el fin.
VIVIMOS tiempos de “sálvese quien pueda”, a pesar de los aparentes grandes despliegues de solidaridad, que existen y nobles son en gran parte. Cada día, sin embargo, se puede experimentar la vehemencia de quienes tienen como forma de acción camuflada salvarse al precio que sea y a costa de vender angustia y un futuro de perversión generalizada, acaparando los bienes mundanos y repartiendo estrecheces para la inmensa mayoría. Se empeñan en hacer vivir al prójimo de sus desperdicios y, además, hacen creer que es bueno comprárselos. La Carretera, el filme de Viggo Mortensen, no es un panorama tan imposible como querríamos creer en un primer momento. La desolación amenaza al género humano. Es una de las dos opciones hacia las que camina la humanidad. La claridad de su exposición es tétrica y, sin lugar a dudas, una condena factible sin que nadie parezca escandalizarse. Tan natural ya está el mundo asentado en el abismo.
Pero podemos hallar la clave para evitar ese ocaso; lo que hoy es magia mañana puede ser ciencia. Ocurre ante la sensación de que algo ya está escrito. Penetra en el alma su hipótesis y su literaturidad se digiere sin extraños. A nadie pretendo asustar con planteamientos apocalípticos, pero hay que reconocer la enjundia agobiante que vivimos, afluente del torrencial empuje hacia el que avanza la humanidad, sin poder controlarlo más que con un cambio de actitud, persona a persona, una dedicación solidaria con el género humano para evitar el riesgo de desembocar en una condenación que se regodea en la falta de dignidad y en el persistente denuedo de los grandes trusts por adueñarse del poder y los recursos, convencidos de que la única salida es la hecatombe mundial. Panorama evitable siempre y cuando no cejemos en la dura tarea de hacer ver la otra cara escondida que transmuta ese ocaso en un increíble fortalecimiento humanitario del planeta.
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